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Crónicas de un Caído

Capítulo II

Autor: Constantino Constantinidis Poblete

Formato por: Álvaro Pérez Eguizábal

Revisado por: Kano

Golpes. Más que golpes eran picoteos. Algo lo estaba molestando y se encontraba en su espalda. Abrió los ojos, los seguía sintiendo. De pronto recordó su situación y se levanto rápidamente, llevándose las manos a las espalda para sacarse lo que se encontrase allí. El pájaro carroñero salió volando apresuradamente, esquivando las manos que lo intentaban agarrar. Quiso localizarlo con la vista, pero no pudo verlo. Se dio cuenta de que mas bien no podía ver nada. Se frotó los ojos, y aún así no los sentía. Se giró a su alrededor, nada, solo oscuridad. Cerró los ojos, o al menos sintió que lo hacía.

Intentó guiarse por el sonido, y se dio cuenta de que sus oídos tampoco funcionaban. Se comenzó a desesperar, mientras giraba su cabeza de un lugar a otro intentando ver algo, encontrar algún punto de luz, pero nada le permitía ubicarse. Se levantó y comenzó a caminar “no puede ser, ¿¡que esta pasando¡?”. En su caminar tropezó con un bulto en el piso y cayó al suelo. Lentamente se incorporó aunque seguía sin ver nada, así que tanteando el suelo intento encontrar aquello con lo que había tropezado. Al momento de alcanzarlo no necesito adivinar, recordó que era. Y en la condición en la que él se encontraba

“Un Caído, me he convertido en un Caído” una sonrisa de desilusión recorrió su rostro y se sentó resignado. “¿Cómo pudo haber pasado esto?”. Recordó el último suceso, el enorme golpe que le dio el Inquisidor que lo lanzó tras unos arbustos, donde debió haber muerto. Lo demás era fácil de suponer. Sus compañeros siguieron la lucha, pero no fueron lo suficientemente fuertes y cayeron uno a uno. Después de eso los decapitaron y dejaron los cuerpos para los carroñeros. El combate debió de haber durado bastante, y eso fue lo que seguramente hizo que se olvidaran de decapitarlo a él. “Me deberían haber decapitado”, se dijo.

Recordó la primera misión que le habían encomendado a él y a un grupo de novatos, cuando todavía era muy joven. Tenían que cazar a un Caído, un viejo héroe de la resistencia que cayó bajo las garras de los Cazadores de Héroes. Cuando los Cazadores acabaron con él no encontraron mejor manera de humillarlo que convertirlo en un Caído, y todo lo que había sido ese valiente Dorn que se negó a dejar de luchar contra las fuerzas del maldito Izrador fue rebajado a una criatura semipodrida ansiosa de carne fresca. Fue especialmente patético ver como suplicaba por su vida. La decisión estaba tomada y debían eliminarlo, y aunque su presencia era la de un muerto en pleno proceso de descomposición este seguía conservando sus habilidades, por lo que les costo bastante poder enviarlo al sueño eterno.

Eso lo había marcado de por vida, y ahora se había convertido en uno igual a ese viejo Dorn. Sintió el chillido de un ave e instintivamente miro hacia arriba. Poco a poco comenzó a sentir los sonidos de su alrededor, y se comenzaron a dibujar las siluetas de su entorno, siluetas obscuras de todo lo que le rodeaba. Miró al suelo y vio a sus cuatro viejos compañeros de la Resistencia, se levantó y se acercó a ellos. Pasó un buen momento pensando en su situación, “¿De cuanto tiempo dispongo?” preguntó mirándolos. ¿En cuanto tiempo acabaría volviéndose loco y suplicando por un poco de carne fresca? No encontró respuesta, se miró las manos, y logro distinguir su silueta, aunque todo lo que veía era un fondo negro con líneas marcando su contorno. Ya no veía ni escuchaba, solo sentía lo que le rodeaba. Paso un buen momento sumido en sus pensamientos, pensando en los pasos a seguir. Tomo los cuerpos de sus compañeros.

Cuatro morros de arena se encontraban frente a él, mientras los miraba, recordando los viejos tiempos. Había tomado lo necesario de ellos, el arco y flechas de Hera, el escudo de Mishtrex, la capa de Rondall y la hermosa espada de Garther. Necesitaría todo eso ya que su equipo estaba demasiado dañado. Siguió mirando las tumbas imaginando las caras de sus compañeros, y cuando levantó la vista aún era de noche. Siempre le había gustado cazar de noche, pero antes debía probar si aún conservaba sus habilidades. Miró a un punto lejano, un árbol caído con muchos troncos sobre él. Luego unos cientos de metros más allá logró ver unas rocas apiñadas. Comenzó a acercarse rápidamente hacia el grupo de árboles, a mitad de camino comenzó a correr y, antes de llegar, saltó hacia las sombras que se formaban debajo de los troncos. Desapareció.

Una gran sonrisa se dibujaba en su rostro, estaba en el grupo de piedras que había divisado a lo lejos, sus habilidades aún funcionaban. “Hora de cazar” se dijo metiéndose nuevamente en las sombras que formaban las piedras.

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