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Relatos
Crónica de un Caído
Capítulo VI
Autor: Constantino Constantinidis Poblete
Formato por: Álvaro Pérez Eguizábal Revisado por: Kano El jefe orco corrió hacia su adversario, del que solo lo separaban unos pasos. El Caído se puso en guardia con su escudo, esperando el ataque de su rival. Este no se hizo esperar. El orco levantó la espada por sobre su cabeza y descargó un violento golpe que esperaba partir en dos a su rival, pero el caído lo esquivó fácilmente lanzándose a un costado de su oponente. Con los pies se dio un tremendo impulso y saltó espada al frente en dirección a las costillas del orco. Este detuvo el mortal golpe con un revés de su espada, y con su codo propinó un enorme golpe directo en la cara del Caído.
Dio unos cuantos pasos atrás producto del golpe. Cayó arrodillado, casi aturdido, “No puede ser” se dijo. El golpe le dolió, no lo esperaba. Pensaba que no podía sentir dolor, pero se dio cuenta de que no había sido herido desde que se había levantado como Caído. Solo por instinto levantó su escudo para detener la arremetida del orco, y el golpe fue tan violento que le hizo caer de rodillas. Aún tenia el escudo sobre su cabeza, y el orco lo estaba reduciendo al piso. Era más fuerte que él. Supo que no podría quebrar su defensa, y la desesperación comenzó a dominarlo. Era extremadamente fuerte. No podría ganarle por la fuerza. Una fuerte patada lo hizo salir de su ensimismamiento y lo lanzó a unos metros de su atacante. Con dificultad se puso en pie. El orco no se había movido, y lo miraba fijamente. “Hasta el fin” se dijo al tiempo en que corría contra su enorme adversario. Antes de llegar a su altura saltó a un lado y desapareció en una sombra. El jefe orco se detuvo rápidamente. Esperaba un golpe por la espalda, así que viro rápidamente, pero su adversario salio de un costado. El caído lo golpeo por sorpresa en las costillas, pero el golpe fue absorbido por la gruesa armadura del orco. El orco agarró del cuello a su adversario y lo levantó unos centímetros del suelo, tanto como para verlo a la cara. El Caído intento usar su espada para cercenarle el brazo, pero fue inútil, y el enorme dolor que sentía en su garganta le hizo soltar todo lo que llevaba en las manos para llevárselas inútilmente al cuello y sacarse las enormes garras del orco. Este tomó su espada y atravesó completamente al caído, y luego lo soltó. El Caído cayó al piso llevándose las manos al estomago. Cualquiera hubiera muerto casi de inmediato con esa herida, pero él era un caído, un no-muerto. Aun así el dolor seguía siendo enorme. Vio como sus entrañas descompuestas comenzaban salir de su estómago, e inútilmente intentaba agarrarlas con sus manos. El orco miró nuevamente a la carpa. Había recibido órdenes directas de no eliminar a ese caído, pero seguía con dudas. Había algo en él. Algo que no le inspiraba confianza. No se arriesgaría, ya había perdido muchos hombres por culpa de ese Caído, así que mejor lo eliminaría de inmediato. Levanto su espada sobre su cabeza dispuesto a decapitarlo. “Ya estoy muerto” se decía. “Esto es mi imaginación, no puedo sentir dolor, es imposible” tomó su espada. “¡Imposible¡”. Se levanto rápidamente justo en el momento en que el orco descargaba su mandoble. El golpe logró alcanzar su clavícula y lo partió hasta la altura de su pecho. Ambos permanecieron mirándose. La sangre salía por la boca del orco. El caído le había logrado enterrar su espada en el estomago. Cegado por el dolor, el orco sacó su espada lanzando a su enemigo a unos metros de distancia. Dio unos cuantos golpes al aire, para luego apoyarse en su espada y caer de rodillas. Miró a su oponente un momento, luego cayó al piso sin vida. Paso un momento tirado en el suelo. Sabía que el jefe orco estaba muerto, nadie podía sobrevivir con ese tipo de heridas. Estaba mirando al cielo, nublado, siempre había estado así. Desde que tenia conciencia, no era mas que un reflejo de su ser. Todo gris, sin ningún momento de felicidad. Una vida de guerras, de matanzas. Se incorporó lentamente y miró a su alrededor. Se sentía mareado, y el sol ya había salido casi en su totalidad. Seguramente se debía a eso. Logró ver a unos metros el cadáver del orco. Se incorporó lentamente. Su cuerpo no estaba respondiendo bien y le dolía todo. Se acercó al orco. Si, definitivamente estaba muerto. Miró más adelante. El sol lo cegaba, pero lograba ver no muy lejos la carpa principal, aquella que estaban protegiendo los orcos. Comenzó a caminar hacia ella. No divisaba su escudo, pero no le importaba. Le faltaba poco para cumplir su venganza, así que no esperaría más. Con su espada corrió las cortinas que cubrían la entrada. Se encontraba iluminada por una fogata, y en sus paredes colgaban huesos de diversos tipos. Entró confiado, había algo allí. Lo sentía. Comenzó a mirar de detenidamente hasta donde le permitía la tenue luz. De las sombras salió una figura, cuchillo en mano, lanzando un grito. Detuvo a duras penas el golpe aferrando las manos de su atacante, y luego lo lanzó al lado de la fogata. Este se medio incorporó dificultosamente, y permaneció semiarrodillado en el suelo. Era una orca, vestida casi entera de negro y con diversas runas en su túnica. Se veía vieja. Quizás demasiado. -¿Quién eres, Caído?-dijo la orca con una voz penetrante -¿Por que atacas nuestro campamento?-. -Vennrd…gaaa…nza- contestó dificultosamente con una desagradable voz -Vr.vre..ga….za.- ya no lo pudo repetir. La orco comenzó a retroceder arrastrándose. Estaba vieja, y no podría realizar sus conjuros a tiempo para salvar su vida. Solo hizo una cosa mientras veía como el caído levantaba su espada en contra de ella. Se puso a rezar a su dios, Izrador. -Felicidades Darren- le decía Garther mientras le daba unas palmadas en el hombro. -Ya pasaste todas las pruebas, ahora eres uno de nosotros.-. -Si, chiquillo. Tu pericia con la espada es casi inigualable.- le comentó Mishtrex mientras calentaba sus manos en la fogata. -Y más aun lo va a ser cuando comencemos a entrenarte.- le dijo mientras le guiñaba un ojo. -Aparte eres bastante guapo.- le dijo Hera al oído. -Eso vale mucho, al menos para mí.-. -No olvideis lo principal.- les dijo Rondall. -Su habilidad para manipular las sombras es única. Nos proporcionará una gran ventaja a la resistencia.- Miró a Darren -Bienvenido chico. Aquí todos somos hermanos en la lucha. Solo somos hormigas, pero las hormigas se apoyan mutuamente y forman imperios. Nunca olvides el objetivo de la resistencia: liberarnos del maldito Izrador. Habrá mucha gente que no estará de acuerdo contigo, pero no importa, lo importante es lo que tu piensas, ¿de acuerdo?. Muchos se quedaron solos luchando contra el enemigo hasta que encontraron su muerte, ¿no crees que es una majestuosa manera de morir?. Ya atrás estaba el campamento orco. Habían pasado apenas un par de horas, pero ya daba lo mismo. Su cuerpo estaba descomponiéndose más y más, y sobre su cabeza volaban una veintena de carroñeros, claro aviso de que no duraría mucho. Estaba desorientado. No sabía a donde se dirigía. Se resigno y cayó al suelo inconsciente. Pisadas, cientos de ellas. Difícilmente se incorporó y logró sentir de donde venían. Tras una colina a su lado. Se dirigió lentamente hacia ella, escondido en las sombras. Orcos, cientos de ellos, caminando en formación de batalla. Era difícil ver ese espectáculo en esos tiempos. Un ejercito de orcos que de seguro invadirían un pueblo, o lanzarían una incursión contra los elfos, e intentarían entrar en el Bosque Susurrante una vez mas. Pensó en correr y avisar a la gente que se encontraba más adelante de ese ejercito, pero seria inútil. Intentarían matarlo, era un Caído, una criatura peligrosa. Además, seguramente caería a mitad de camino. Su cuerpo ya no alcanzaba a mas. Estaba muriendo a falta de una definición mejor. Solo quedaba una opción. Se incorporó y miró un detenidamente al ejército, Luego desenfundó su espada y la observó. Comenzó a pensar en sus compañeros caídos. “Muchos has quedado solos, luchando contra el enemigo hasta que encuentran su muerte”. El recuerdo afloró en su mente. “Hazlo heroico” se dijo al tiempo que bajaba corriendo en dirección al ejercito. |
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