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Crónica de un Caído

Capítulo IV

Autor:
Constantino Constantinidis Poblete
Formato por: Álvaro Pérez Eguizábal
Revisado por: Kano

-Los Orcos no son mas que un grupo de criaturas estúpidas- le decía Garther mientras ambos espiaban una patrulla de ellos -aunque en los últimos años su capacidad organizativa y combativa ha alcanzado niveles que jamás hubiéramos llegado a sospechar-.

El recuerdo afloró mientras observaba a la patrulla de orcos a la que llevaban días siguiendo. Ya llevaban cerca de dos horas sobre esa colina, analizando el campamento.

“Son tan soberbios” se decía.”Nadie se les enfrenta. Es por eso que acampan en campo abierto, confiados”. El repudio hacia aquellas criaturas había crecido en los últimos días. Casi no podía contener el deseo de abalanzarse sobre el campamento y eliminarlos a todos. Pero siempre es mejor hacer caso de la experiencia. Primero debía estar seguro de cuantos eran, y localizar al jefe de la patrulla. Si lograba acabar con él, los orcos perderían mucha ventaja.

Varios orcos se acercaron a la carpa principal del campamento y se arrodillaron delante de ella. Era la más grande de todas, forrada en cuero bien trabajado y maderos de calidad. Al parecer dentro de ella había una fogata, que se adivinaba por el humo que salía de un agujero situado en el techo. Después de esperar un breve momento, salió un orco bastante grande, vestido con una armadura pesada y una gran espada al cinto, con el cabello adornado con trenzas y el rostro surcado de cicatrices de antiguos combates.

“Por fin apareciste, maldito” se dijo. La confianza comenzó a aflorarle. Ya antes había vencido a otros orcos que se veían considerablemente mas fuertes, así que con este no tendría problemas. Sonrió.

Bajó la colina por el lado contrario del campamento y se refugió en unos arbustos. Debía planear bien el ataque. Miro al cielo “Dos horas aproximadamente” pero faltaba poco para el amanecer, así que no esperaría tanto. Eran los mismos orcos que lo habían obligado a él y a sus compañeros a entrar en ese maldito pantano. Sus amigos reclamaban venganza, no los haría esperar más.

Después de unos minutos subió nuevamente la colina. “Son veinte y tengo nueve flechas, bien por mi” se dijo sonriendo, “al menos les daré ventaja”.

-Siempre que ataques a un enemigo superior en numero, hazlo a distancia.- le decía Mishtrex mientras asaban unas ratas de campo en la fogata -De esa manera caerán unos cuantos antes de que lleguen hasta ti, y la moral de los demás estará muy baja por la perdida de sus compañeros. Cuando estén a pasos tuyos, le llega el turno a las espadas-.

La primera flecha dio justo en la espalda del desafortunado orco. Al instante la alarma sonó por todo el campamento, y todos los orcos fueron a por sus armas adoptando sus posiciones de defensa, intentando localizar al atacante. Otra flecha fue a dar directamente a la cabeza de otro orco desprevenido. Esta vez salió desde otra dirección. El jefe de la patrulla comenzó a dar órdenes rápidamente. Unos cinco orcos salieron hacia las colinas a buscar a los atacantes, mientras el resto protegería el campamento.

Una nueva flecha surcó el aire para dar directamente en el antebrazo del jefe. Este se dobló por el dolor, y miró a su alrededor intentando localizar a su atacante pero no logró verlo. Lanzando un grito extrajo la flecha. Al ver esto los demás orcos se volvieron a sentir seguros, su líder era muy fuerte.

“Genial, es más duro que un palo”, analizó la situación. No gastaría más flechas en él.

Cuatro flechas atravesaron el vacío, dando precisamente en sus blancos, y si los orcos no murieron, al menos quedaron gravemente heridos.

“Dos flechas, hora de mostrarse”. Se puso intencionadamente a plena vista. Los orcos lo divisaron al instante, pero el jefe mandó solamente a cuatro, y el resto se quedaron para proteger al campamento y a su líder.

“¿Por qué se quedan?. No importa, llevo la ventaja” pensó confiado mientras disparaba sus dos ultimas flechas. Luego, corrió colina abajo. Los dos orcos restantes lo siguieron, pero al llegar colina arriba no lograron divisar nada. Comenzaron a avanzar colina abajo a paso lento y seguro, y lo único que divisaban era la oscuridad de la noche.

De la sombra que proyectaba uno de ellos salio su enemigo. El orco solo sintió como se habría su garganta.

Un fuerte ruido a sus espaldas lo alerto, y rápidamente giro sobre si mismo tomando una postura defensiva. Logró ver a su compañero en el suelo, muerto, derramando sangre por la garganta, y a su atacante con la espada tinta en sangre frente a él.

Al mirar la cabeza del orco que acababa de decapitar, se dio cuenta de que este aún conservaba el gesto de terror.”Garther”, el recuerdo del rostro de su compañero reemplazo al del orco, y presiono fuertemente la espada.

Comenzó a sentir un elevado número de pisadas que se dirigían al sector en el que él se encontraba. Eran los orcos que habían del campamento. Tomó la daga de uno de los orcos recién caídos y comenzó a analizar el terreno para su emboscada, observando las sombras.

Los orcos se detuvieron al ver los cuerpos de sus compañeros caídos. Rápidamente se pusieron en marcha, preocupados por el campamento. Pero de las sombras salió su atacante, saltando desde la oscuridad. Con el primer golpe cercenó las piernas de su primer enemigo y rápidamente sin perder el tiempo lo remató en cuanto este tocó el suelo. Al salir de la sorpresa, los demás se dispusieron a atacarlo, pero se volvió a desvanecer en una sombra. Sintieron un grito a sus espaldas, y al girar vieron a uno de sus compañeros atravesado por la espada de su enemigo. Y antes de que pudieran reaccionar, le clavó una daga que le había quitado a uno de sus anteriores rivales entre los ojos a uno de los orcos que tenía frente a si.

Retiró la espada del orco y sacó el escudo. Con un gesto invitó a sus enemigos restantes a que lo atacasen. Estos no perdieron el tiempo y se abalanzaron con sus espadas en alto. Ambas espadas buscaban el mismo punto, su cabeza. Pero las paró hábilmente con su escudo. La fuerza de sus rivales le hizo flexionar las piernas consiguiendo que casi se arrodillara. Estaba perdiendo la ventaja, los orcos seguían ejerciendo fuerza sobre él, y querían arrojarlo al suelo, donde era más vulnerable. Sintió que le empezaban a fallar las fuerzas. ”No, nunca”. Tomó fuerzas nuevamente, y aprovechó el impulso que le proporcionaron sus rodillas para levantar el escudo lo suficientemente alto como para que los orcos levantaran los brazos produciendo una brecha en su defensa.

-Aprovecha la fuerza en contra de tu oponente, busca el punto- le enseñaba Mishtrex con el escudo en la mano. -Siempre tendrás la oportunidad de abrir su defensa, tu eres el que debe saber aprovechar eso-.

Uno murió con su garganta cercenada y el otro con el corazón atravesado.

El jefe orco comenzó a preocuparse, sus hombres aún no volvían. Si habían sido capaces de eliminar a quince de sus soldados era, o por que su enemigo les supera en número o porque es extremadamente fuerte. Pero tenían a su líder con ellos, no podían perder, no estando acompañados por ella.
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