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Relatos
Crónicas de un Caído
Capítulo V
Autorr: Constantino Constantinidis Poblete
Formato por: Álvaro Pérez Eguizábal Revisado por: Kano La desesperación iba dominando poco a poco el campamento orco. Su líder se esforzaba para que sus soldados mantuvieran la formación defensiva, aún cuando solo quedaban cinco y él. Su misión era proteger la carpa principal, la carpa donde estaba ella. Una de las elegidas de su gran señor, una de las elegidas de Izrador. El humo que salía de la fogata hacía apenas visible el interior de la carpa, pero se oía claramente el cántico. En el interior de la carpa comenzaron a realizar rituales apenas comenzó el ataque con el objetivo de averiguar la naturaleza del o de los atacantes. Por eso los orcos y su líder debían defenderla.
Había dejado los cuerpos tras él. Se preocupó por decapitarlos a todos. No necesitaban mas Caídos, no le deseaba eso ni a su enemigo. A paso seguro volvió a subir la colina hasta llegar a la cima. Vio claramente la formación que mantenían los orcos. “¿Qué protegen?”, se preguntó, pero no importaba mucho. Ya estaba decidido. Los eliminaría a todos, incluyendo lo que se encontraba en el interior de la carpa, fuese lo que fuese. Comenzó a caminar colina abajo, en dirección al campamento. -¡Señor, allí viene¡- grito un orco llamando la atención de su líder. El imponente orco se acercó a quien lo había llamado, y miró hacia la colina frente al campamento. Vio como caminaba lentamente su atacante. No se le veía muy imponente. Era bajo y solo llevaba un escudo y una espada, y al parecer iba sin armadura. “¿Solo uno?” pensó el líder orco. Si así era, este luchador superaba la media. Había sido capaz de acabar con quince de los suyos, así que algo debía de tener. Algo que lo hacia especial. -¡Caído, es un Caído¡- se escuchó una penetrante voz proveniente de la carpa -no lo mates, nos servirá-. -Pero es peligroso.- dijo el jefe orco -Nos puede matar a todos. Es mejor no arriesgarse-. -¡No lo mates, te he dicho¡- le reprochó la voz -Si no, tendrás que arreglártelas con el Inquisidor que llegará mañana. Con un movimiento de cabeza el orco aceptó la orden. No le agradaba la idea de que el Inquisidor los visitara nuevamente. Desde el último combate se había dejado claro cual era su posición con respecto a él, y no le gustaba. Rápidamente el y sus cinco guerreros comenzaron a avanzar hacia su adversario. Ya no existía plan alguno. Se encontraba a escasos pasos de sus rivales, de los orcos, y ahora todo se trataba de quien pegaba primero. Obviamente debía cuidarse del jefe, era enorme. Y su espada era casi de su tamaño. Miro al cielo,” ¿Una hora?, quizás menos”, se dijo. Restaba poco para el amanecer y en el cielo ya comenzaban a perfilarse los primeros rayos del sol. Aun quedaban sombras, aun tenía ventaja. Los orcos aumentaron el trote a medida de que se acercaban a su rival. Él también comenzó a acelerar el paso. Ambos bandos pasaron pronto a moverse a plena carrera, dispuestos al choque. Comenzaron los gritos antes de la embestida. Los orcos con la espada en alto, confiados. Su líder los acompañaba. Y el Caído dando un molesto grito. Justo a un par de pasos antes de la embestida, el Caído propinó un enorme salto sobre la cabeza de los orcos, y en el momento en que iba cayendo golpeó diestramente con su espada en la cabeza del último orco del grupo, partiéndosela en dos. Y desapareció en la sombra que el desafortunado orco proyectaba. Rápidamente los orcos restantes se replegaron en círculo, cuidándose las espaldas unos con otros. Comenzó a pasar el tiempo, la tensión los dominaba, el Caído no aparecía, y hasta el líder estaba comenzando a ponerse tenso. -¡Aparece maldito!- Gritó un orco que no aguantaba más la espera. De las sombras apareció su muerte. Rápido como un relámpago saltó desde su escondite entre unas piedras, y lanzó una daga que fue a dar directamente a la garganta de orco que había gritado. Este cayó al suelo llevándose las manos a la garganta. El Caído sacó su espada y esperó la arremetida de los restantes rivales. Estos no esperaron y lo atacaron rápidamente, rodeándole antes de comenzar a descargar sus golpes, para hacerlo un blanco más fácil. Dos orcos se atrevieron a atacar primero. Paró fácilmente el primer golpe con su escudo, mientras planeaba partirle la cabeza con la espada. Pero tuvo que detener el segundo golpe con ella, así que recurrió a su cuerpo, y con una patada en el estomago alejo a su primer atacante. Luego, con su escudo, le propinó un certero golpe en la cabeza a su segundo rival. Antes de poder contraatacar tuvo que esquivar un tercer ataque, y aunque podía haberlo partido en dos ya que el ultimo golpe había abierto totalmente la defensa del orco, sintió unos pasos pesados a su espalda. Giro rápidamente, levantando su escudo justo en el momento en que recibía un poderoso ataque del jefe de los orcos. El impacto lo lanzó unos cuantos pies, haciéndolo caer justo en el centro de una sombra, donde desapareció. Rápidamente apareció tras uno de los orcos, y la armadura de este no fue suficiente para frenar la espada que le partió la espina. Corrió hacia otro orco, este descargó un golpe sobre el escudo de su rival, y aunque no fue muy fuerte, el orco comenzó a sentir como le levantaba sus brazos con el escudo. Su última reacción fue llevarse las manos al estomago para impedir que las tripas salieran por allí. Giró justo para frenar una ráfaga de golpes provenientes del último orco, hábil y rápido. Cada golpe que le lanzaba buscaba un punto vital, y en el momento en que logró detener un mandoble que buscaba su costado, aprovechó para propinarle un golpe en la nariz con la empuñadura de la espada. El orco cayó aturdido al suelo. No perdió el tiempo y lo remato rápidamente. Solo quedaba uno. El líder. Este se encontraba un poco mas apartado, observando todo el combate. El Caído se incorporó y comenzó a caminar hacia él. El jefe orco tomo su espada a dos manos y se acercó a su rival. Faltaba poco para el amanecer, y ambos eran concientes de ello. Ambos eran débiles ante el sol, por lo que la pelea debía durar poco. |
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